
19/10/2026 10:46:44
Línea Verde
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Se suele pensar que el agujero de la capa de ozono es un boquete literal, como el de un globo pinchado por el que se cuela el Sol a chorros. Y que, además, tiene que ver con el cambio climático. Ninguna de las dos ideas es exacta. El agujero es un adelgazamiento estacional y muy localizado de una capa que nunca fue un muro, y su problema y su solución pertenecen a una historia distinta de la del cambio climático, aunque ambas se crucen en algún punto.
El ozono es una molécula formada por tres átomos de oxígeno, en lugar de los dos del oxígeno que respiramos. Casi toda la que hay en la atmósfera se concentra en la estratosfera, a una altura que ronda entre los 15 y los 35 kilómetros sobre nuestras cabezas. Allí se forma y se destruye de manera continua, impulsada por la propia radiación solar.
La expresión «capa de ozono» induce a error. No es una lámina compacta, sino un conjunto de moléculas muy dispersas: si pudiéramos comprimir todo ese ozono hasta la presión del suelo, quedaría una película de apenas unos milímetros de grosor. Y, sin embargo, funciona. Absorbe buena parte de la radiación ultravioleta más energética, la que dañaría el ADN de plantas, animales y fitoplancton marino. Es un filtro fino, pero eficaz.
Durante décadas se usaron en neveras, aerosoles y sistemas de refrigeración unos compuestos llamados clorofluorocarbonos, los CFC. Eran estables, baratos y aparentemente inofensivos. Esa estabilidad era justo el problema: no se descomponían en la parte baja de la atmósfera y acababan ascendiendo hasta la estratosfera.
Allí, la radiación ultravioleta los rompía y liberaba cloro y bromo, átomos capaces de destruir moléculas de ozono en cadena. Un solo átomo de cloro puede participar en la destrucción de muchísimas moléculas antes de quedar inactivo.
¿Por qué sobre la Antártida y no sobre todo el planeta? Por una combinación de factores. En el invierno austral, la estratosfera polar se enfría hasta niveles extremos y se forman nubes de cristales de hielo muy altas. Sobre su superficie, los compuestos de cloro se transforman en formas muy reactivas. Cuando regresa la luz en primavera, se desencadena la destrucción del ozono con una rapidez notable. Por eso el agujero aparece cada año entre agosto y octubre, y después se va cerrando de forma natural al cambiar las condiciones.
El fenómeno fue descrito a mediados de los años ochenta a partir de mediciones sobre la Antártida, y sorprendió a buena parte de la comunidad científica.
Lo extraordinario no es el daño, sino la respuesta. En 1987 se adoptó el Protocolo de Montreal, un acuerdo internacional para ir eliminando de forma gradual las sustancias que dañan el ozono. Con el tiempo se fue ampliando y reforzando, y hoy se considera uno de los ejemplos más exitosos de cooperación ambiental global.
Los resultados se pueden seguir en los datos de satélites y estaciones de medición. La concentración de las sustancias que destruyen el ozono en la estratosfera ha ido bajando, y los análisis más recientes de organismos como la Organización Meteorológica Mundial y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente apuntan a una recuperación progresiva de la capa de ozono. Sus proyecciones sitúan la vuelta a los niveles anteriores a 1980 hacia mediados de siglo para la mayor parte del planeta, y algo más tarde para la región antártica.
Quien espere un cierre rápido se llevará una decepción, y la razón es sencilla: los CFC son muy persistentes. Una vez emitidos, pueden permanecer en la atmósfera durante décadas, e incluso más de un siglo en algunos casos. Dejar de producirlos detiene la entrada de nuevo cloro, pero el que ya está arriba sigue trabajando hasta que se agota poco a poco.
A esto se suma la variabilidad natural. El tamaño del agujero cambia de un año a otro según las temperaturas estratosféricas y el comportamiento del viento polar, de modo que un año concreto puede ser peor que el anterior sin que la tendencia general se haya invertido. Los científicos miran por eso series largas, no episodios sueltos. También se han detectado emisiones ilegales puntuales de alguna sustancia prohibida, que se investigaron y se corrigieron, un recordatorio de que el seguimiento sigue siendo necesario.
La capa de ozono se está recuperando porque se dejaron de fabricar y usar casi todas las sustancias que la dañaban, y porque la atmósfera, con tiempo, se limpia. El agujero antártico sigue apareciendo cada primavera austral, pero con una tendencia general hacia la mejora. Las previsiones apuntan a que la capa recuperará su estado anterior a mediados de este siglo en la mayor parte del mundo.
También conviene separar los asuntos. El agujero de ozono y el cambio climático son problemas distintos, aunque algunos CFC sean además potentes gases de efecto invernadero y su eliminación haya aportado, de rebote, un alivio al clima. Que el ozono se esté arreglando no significa que el calentamiento esté resuelto, ni al revés.
La entrada La capa de ozono no es un escudo que se rompió: es un filtro que se está recuperando se publicó primero en Ambientum Portal Lider Medioambiente.
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